El mindfulness tiene el privilegio de ser una de las nuevas disciplinas que se está introduciendo y estudiando en distintos ámbitos de la vida cotidiana. Aquí vamos a detallar algunos de los beneficios constatados cuando se aplica en casos de enfermedad y, más en concreto, con pacientes de cáncer.

Además del dolor físico de la enfermedad y del tratamiento, los pacientes sufren del miedo, la incertidumbre, la angustia por el futuro, cambios de humor y, quizás, un replanteamiento de la vida. Desde el mismo momento que se conoce el diagnostico, aparece una situación emocional muy compleja y de la que no solemos estar preparados psicológicamente ni hemos aprendido la mejor manera de afrontarla.

La práctica de atención plena nos invita a poner el foco de nuestra atención en el presente, en la experiencia tal cual es y, al mismo tiempo, a abstenerse de realizar juicios sobre la misma. Este entrenamiento realizado con amabilidad y constancia permite que aparezca la aceptación y podamos transitar las situaciones difíciles y dolorosas de un modo más desapegado y ecuánime.

En el año 2000, la Dra. Linda Carson de la Universidad de Calgary presentó uno de los primeros estudios sobre la aplicación de mindfulness con pacientes de cáncer. Observó que los cambios de humor o alteraciones emocionales se reducían en un 65%; comprobó también que los síntomas del estrés disminuían en un 31% -problemas cardiopulmonares y gastrointestinales, irritabilidad emocional, depresión o la desorganización cognitiva.

Cambios biológicos

Se hizo un estudio con pacientes de cáncer de mama durante un período de tres meses y se constató que se ralentizaba el envejecimiento celular porque no se reducía la longitud de los telómeros (extremo de los cromosomas). Es un dato significativo porque en pacientes de cáncer o en personas con estrés crónico, como los cuidadores, los telómeros son más cortos de lo habitual.

Otro de los beneficios constatados es que regula la actividad del sistema nervioso simpático, el nervio vago y el sistema nervioso parasimpático que estimula la respuesta de la relajación. También se sabe que está vinculado al sistema inmunológico, que se traduce en una menor inflamación y, por consiguiente, menos dolor.

Hacerse amigo del propio cuerpo

El escáner corporal, el movimiento consciente y el yoga son prácticas que se incorporan en el adiestramiento de mindfulness; nos ayudan a tener una relación más amigable con el propio cuerpo, y son necesarias porque, en ocasiones, nos enfadamos con él como si nos hubiera traicionado. Nos podemos sentir defraudados porque hemos realizado esfuerzos para estar sanos, y sin embargo, hemos caído en la enfermedad. Restaurar la relación entre nosotros y el cuerpo es imprescindible para tener un bienestar general.

Una oportunidad

Cuando nos diagnostican una enfermedad como el cáncer puede aparecer el deseo de conectarnos con nuestro ser. Estamos en un momento muy vulnerable y las emociones y sentimientos están a flor de piel. Toda nuestra realidad está en jaque y aunque hay algunas cosas que no podemos controlar, hay otras que sí queremos y podemos hacer algo. Por eso quienes se acercan al mindfulness, casi sin quererlo, se convierten en unos practicantes excepcionales.

  • La fragilidad de la vida proporciona el aprecio por las pequeñas cosas y lo verdaderamente importante: aquello que muchas veces pasamos por alto y que lo cotidiano no nos deja apreciar.
  • Anclar nuestra mente al momento presente, a la respiración o a los sentidos nos previene de generar estados de ansiedad hacia el futuro, ya sea a través de pensamientos recurrentes o estados de ánimo.
  • Aceptar la realidad tal cual es nos ayuda a adoptar una actitud valiente y positiva frente a la adversidad.
  • Cultivar la amabilidad con uno mismo, a través de la práctica en sí o en ejercicios específicos, crea un marco amoroso que se extiende entre el paciente y su entorno.